La pérdida abrupta de la vista es un evento traumático que cambia la vida. Para un adulto que tenía una visión normal, quedarse ciego de forma repentina (ya sea por accidente, enfermedad súbita u otra causa inesperada) suele desencadenar fuertes reacciones emocionales iniciales.
Estas reacciones son parte de un proceso de adaptación ante la pérdida de este sentido. Por lo tanto, te comparto las respuestas inmediatas que experimenta la mayoría de las personas tras perder la visión de manera súbita, con el fin de brindar información clave tanto para los afectados como para sus familiares.
Shock tras la pérdida
La reacción inmediata tras la pérdida visual permanente suele ser de shock, incredulidad o entumecimiento emocional, por lo que a la persona le cuesta asimilar lo ocurrido. Quien perdió la vista también puede sentirse aturdida y desorientada. En muchos casos, aparece una negación inicial, puesto que el individuo puede actuar como si nada hubiera cambiado o incluso pensar que hay un error en el diagnóstico.
Es común que en los primeros momentos el individuo no pueda creer lo que está pasando. Esta reacción es un mecanismo temporal de la mente para protegerse del impacto emocional. De hecho, algunas personas llegan a buscar segundas opiniones o algunas curas milagrosas con la esperanza de revertir la situación.
En este sentido, cada persona maneja el shock de forma distinta. Algunos parecen calmados al principio, mientras que otros rompen en llanto o sienten una angustia intensa desde el primer momento. No obstante, cada persona atraviesa por un período de duelo propio tras la pérdida de la vista.
Miedo, ansiedad e incertidumbre
Tras el shock, suelen emerger sentimientos de miedo y ansiedad. Aquí la persona comienza a pensar de manera consciente sobre las implicaciones que conlleva la ceguera. En este caso, surgen preocupaciones referentes al futuro, como el sustento económico o las relaciones con los demás.
Este temor ante lo que vendrá es comprensible, ya que la vida cotidiana cambia de forma drástica. La pérdida de visión conlleva cierta pérdida de independencia en las actividades habituales, lo cual genera ansiedad por la idea de tener que depender de otros para realizar dichas tareas.
Asimismo, la persona puede sentir temor a ser una carga para sus seres queridos, lo que le hace experimentar una profunda sensación de vulnerabilidad. Este miedo también está relacionado con la seguridad física, ya que existe el temor de sufrir caídas, accidentes u otras lesiones al moverse en entornos desconocidos.
De igual forma, puede aparecer la sensación de ansiedad por la incertidumbre de cómo interactuar con los demás bajo esta nueva condición, o incluso cómo será percibido por la sociedad. Muchos individuos sienten angustia por la incertidumbre de no saber qué esperar.
Sentimientos de impotencia y frustración
Con la pérdida repentina de la vista, la persona suele sentir mucha impotencia, ya que las tareas cotidianas se vuelven desafiantes. Esta pérdida de control provoca frustración. Quien se ha quedado ciego puede desesperarse por su nueva forma de vida, lo cual puede generar sentimientos de inutilidad.
Lo anterior ocurre especialmente en adultos que habían llevado una vida independiente, ya que sienten que depender de otros para hacer las actividades básicas puede ser muy frustrante. Aquí la persona extraña la autonomía que tenía y le indigna no poder cumplir sus roles habituales.
En muchas ocasiones, este sentimiento de impotencia viene acompañado de vergüenza o humillación por no poder hacer cosas que los demás sí pueden, lo que puede llevar al afectado a aislarse para evitar situaciones incómodas.
Esta frustración también puede manifestarse como abatimiento. Aquí la persona siente que ha perdido el control y la independencia, lo cual se percibe devastador en un inicio. En suma, estos sentimientos son entendibles y suelen atenuarse conforme la persona aprende varias herramientas de adaptación.
Enojo y búsqueda de culpables
Otra reacción es la rabia. Aquí, la persona puede sentirse enfadada con el mundo, con la situación y hasta con quienes la rodean. Junto con el enojo, es posible que también surja la culpa. De hecho, algunas personas se reprochan de forma continua por lo que les ha sucedido.
De igual modo, la intensidad de la ira varía. Algunos se irritan con las personas a su alrededor, y otros se enfurecen consigo mismos o con el destino. Es importante reconocer que la rabia es una reacción normal ante un cambio de vida tan drástico, y esta suele disminuir con el tiempo a medida que la persona encuentra mejores formas de canalizar sus emociones.
Tristeza profunda y duelo
La tristeza es quizás la reacción emocional más esperada tras la pérdida de la vista. Muchas personas describen sentirse invadidas por una pena profunda, similar a la que se experimenta al perder a un ser querido. De hecho, dar espacio a esta emoción forma parte del proceso de duelo.
Aquí puede sobrevenir un sentimiento de pérdida de la independencia, de la forma de vida previa, de las actividades que brindaban placer, etc. En este punto, es normal sentirse triste por perder una facultad tan importante y pasar un tiempo de luto por ello.
Este proceso puede incluir momentos de desesperación y llanto, insomnio, y una sensación de vacío. Incluso las personas que están acostumbradas a ser fuertes ante muchas adversidades se sorprenden por la tristeza que pueden llegar a sentir.
Cabe señalar que esta etapa de dolor emocional es un proceso que forma parte del nuevo ajuste ante la pérdida de visión. Tal como ocurre en cualquier duelo, expresar la tristeza en lugar de reprimirla, tiende a fortalecer la capacidad para sobreponerse al cambio a largo plazo.
Desesperanza y riesgo de depresión
La visión es un sentido fundamental en la autonomía personal, por lo que perderla conlleva una sensación de desamparo que, en muchos casos, se traduce en un estado de ánimo depresivo. En este sentido, existe un riesgo de padecer depresión en las personas que han perdido la visión de manera abrupta.
En otras palabras, la persona siente que ha perdido el propósito o sentido de su vida, y puede caer en un profundo desaliento. Los síntomas de este estado pueden incluir abatimiento persistente, falta de energía para las actividades diarias, pérdida de apetito, alteraciones del sueño, aislamiento, y la falta de interés por las cosas que se disfrutaban antes.
Para concluir
Estas reacciones representan las etapas típicas por las que atraviesa una persona que pierde la vista de forma abrupta. Es preciso entender que dichas etapas no son un signo de debilidad ni exageración, sino que son una respuesta común ante una pérdida tan significativa.
Por otra parte, cada individuo las experimentará en diferente orden, intensidad y duración, aunque por lo general habrá un proceso de ajuste emocional que toma tiempo. De hecho, no hay un plazo exacto para superar estas etapas, pero tienden a suavizarse conforme la persona aprende a manejar su nueva realidad.
Asimismo, la comprensión y paciencia de los familiares y amigos ayuda a que la persona sienta que no está sola. Por su parte, la orientación de ciertos profesionales (oftalmólogos, psicólogos, etc.) puede brindar los elementos y herramientas adecuadas de acuerdo con cada caso.
En definitiva, aunque las reacciones ante la discapacidad visual suelen ser dolorosas, estas forman parte de un proceso de duelo normal. Con el apoyo y los recursos adecuados, la mayoría de las personas logran aceptar la situación y seguir adelante con sus vidas.